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Astrónomo y matemático polaco.
Personalidad oscura y desconocida, su obra es muy reducida, consistiendo
en un manuscrito no publicado, una carta informando sobre una obra
astronómica, un texto sobre economía y su “De Revolutionibus Orbium
Celestium”, obra que con su propuesta de un universo heliocéntrico
alteraría la perspectiva con la que se afrontaban los problemas
astronómicos, iniciando el proceso que cambiaría la visión del cosmos
aristotélico
El
19 de Febrero de 1473 nació Nicolás Copérnico en Thorn (hoy Torún),
ciudad de la Prusia Real (anexionada a Polonia en 1466), donde su padre
se había asentado y casado con Bárbara Waztendole, hija de un próspero
comerciante perteneciente a la burguesía local .
Nicolás Copérnico quedó a los 10 años de edad huérfano de padre, siendo
acogido junto a su madre y hermanos, por Lucas Watzendrole, tío materno.
De haber sido éste un rico comerciante como lo había sido el padre de
Copérnico, quizás el joven Nicolás hubiera seguido sus pasos. Pero su
tío, que era canónigo y llegaría un tiempo después a ser Obispo en la
diócesis de Warmia, había previsto para él que tras una etapa de
formación académica en Universidades de prestigio como Cracovia y Padua,
en las que él también había estudiado, fuera nombrado canónigo y
siguiera, también como él, la carrera eclesiástica. Él debía saber que
esa era un buena ocupación: con el respaldo de la Iglesia de Roma y las
posesiones del cabildo, su sobrino no debería volver a preocuparse de
los aspectos materiales de su vida, pues tendrían ingresos garantizados.
Es de suponer que en aquellos años recibiera Copérnico una primera
educación adecuada a los fines para los que parecía estar destinado,
pero poco o nada se sabe a ciencia cierta sobre su vida y formación
hasta que en 1491, con 18 años de edad, su tío le inscribe en la
Universidad de Cracovia. Era la más famosa universidad del extenso reino
de Polonia y gozaba de un prestigio académico reconocido en toda Europa.
Las corrientes humanísticas ya habían llegado y convivían con
prestigiosos estudios científicos. Existían activas cátedras de
Astronomía y Astrología y entre sus profesores se encontraba Alberto
Brudzewo, autor de un comentario a los trabajos astronómicos de
Peuerbach que gozó de cierta fama. También parece documentado que alguno
de los profesores de la universidad había colaborado con Regiomontano y
se explicaban, entre otros, el “Tratado de la Esfera” de Sacrobosco y la
“Teoría de los Planetas” de Peuerbach. Copérnico estudió “artes
liberales”, un programa de formación básica universitaria que incluía
cierta preparación en matemáticas. Pasó en Cracovia 4 años y en 1496 se
marchó a Italia, a la Universidad de Bolonia donde también su tío había
estudiado. Salvo una corta estancia en Polonia en 1501 para la toma de
posesión como canónigo, pasaría en Italia siete años estudiando leyes y
medicina entre Bolonia, Padua y Ferrara. En esos años italianos también
llevó a cabo observaciones astronómicas que guardará toda su vida y
además de completar su formación matemática y astronómica, aprendió
griego y entró en contacto con las fuentes literarias, filosóficas y
científicas que serían el alimento intelectual de generaciones. Conoció
el renacer de las teorías pitagóricas y platónicas, tuvo noticia de los
saberes ocultos y antiguos que atraviesan la historia y, también,
indudablemente, tomó conciencia de los problemas que acosaban a la
astronomía de su época. Con todo ese bagaje en la primavera del año 1503
emprende el viaje de vuelta a su patria de donde nunca más saldrá.
La vida de Copérnico sufrió un cambio radical. Fue a residir
directamente al palacio obispal en Lidzbark. Su tío le acogió como
médico y pronto también como consejero, secretario y ayudante íntimo en
su labor política, administrativa y diplomática. Con él vivió y viajó
durante los años siguientes, hasta la muerte del Obispo, ocurrida en
1512. Pero la influencia italiana no desapareció: Tradujo del griego al
latín una obra bizantina del siglo VII que tituló “Epístolas morales,
rurales y amatorias”. La publicó en 1509 e iba dedicada a su tío. Su
importancia literaria es inapreciable, pero biográficamente tiene
interés por tener un prólogo en forma de poema, escrito por un amigo de
Copérnico, en el que éste comenta cómo Copérnico, además de acompañar a
su tío, lleva acabo observaciones astronómicas de estrellas, Luna y Sol,
sobre las que medita y trabaja. En efecto, alguna de estas
observaciones, lo mismo que las hechas en Italia, aparecerán reflejadas
en el “De Revolutionibus”. Así pues, Copérnico no había dejado su
afición a los cielos. Más aun, parece estar fuera de dudas que en esa
época escribió su primera versión del sistema heliocéntrico. Lo hizo en
un manuscrito del que repartió unos cuantos ejemplares. Nunca se
imprimió y de él se conservan sólo tres copias. El opúsculo en cuestión
se titula “De hypothesibus motuum coelestium a se constitutis
comentariolus”, es decir, “Breve exposición de las hipótesis acerca de
los movimientos celestes”, y, como es usual nos referiremos a él como el
“Comentariolus”. Copérnico no lo firmó ni le puso fecha, lo que como
tantas otras cosas referidas a nuestro protagonista, ha sido objeto de
debate hasta hace no mucho tiempo. Se creyó que era un esbozo previo a
su obra mayor, “De Revolutionibus” y que, en tal caso, no estaría
escrita mucho antes, de modo que se establecía como fecha posible en
torno a 1530, pero actualmente se admite como fecha tope para su
elaboración el año 1514.

No es una obra estrictamente matemática, paro en absoluto está carente
de argumentaciones y “técnicas” matemáticas, como la introducción de un
tercer movimiento de la Tierra al que denominó “declinación”, necesario
para mantener el eje paralelo a sí mismo durante su traslación y que le
permitió dar cuenta, cualitativa pero simple y elegantemente, de uno de
los fenómenos que más se habían resistido, la precesión de los
equinoccios. Su lectura, pues, requería ciertos conocimientos que, por
un lado la alejaban de los aficionados sin base y por otro supuso que a
su autor se le tomara en serio.
El contenido del “Comentariolus” es el siguiente: Una breve introducción
a la que siguen siete axiomas o postulados y, a continuación, los
epígrafes titulados “El orden de las Esferas”, “Los movimientos
aparentes del Sol”, “Los movimientos uniformes no deben referirse a los
equinoccios sino a las estrellas fijas”, “La Luna”, “Los tres planetas
superiores: Saturno, Júpiter y Marte”, “Venus” y “Mercurio”.
Los
postulados que inauguran
la astronomía
heliocéntrica moderna
aparecidos en el
“Comentariolus” son los
siguientes:
1. No existe un centro
único de todos los
círculos o esferas
celestes.
2. El centro de la
Tierra no es el centro
del Universo, sino sólo
de la gravedad y de la
esfera de la Luna.
3. Todas las esferas
giran alrededor del Sol
y por lo cual es el
centro del Mundo.
4. ... la distancia de
la Tierra al Sol es
imperceptible en
comparación con la
distancia del
firmamento.
5. Cualquier movimiento
que pueda aparecer en el
firmamento, no se debe a
ningún movimiento de
este, sino al movimiento
de la Tierra alrededor
de sus polos fijos en un
movimiento diario.
6. Los que se nos
aparecen como
movimientos del Sol no
se deben a él mismo,
sino que están
ocasionados por el de la
Tierra y nuestra esfera,
con la que giramos
alrededor del Sol como
cualquier otro planeta,
y así, la Tierra tiene
varios movimientos.
7. Los movimientos
observados en los
planetas, de
retrogradación o
directos, tampoco
provienen de sus
movimientos sino del de
la Tierra y este basta
por sí solo para
explicar las aparentes
irregularidades que en
el cielo se observan.
Es decir, una exposición
de motivos, las
hipótesis de trabajo y
una reformulación de la
astronomía de la época
desde una nueva
perspectiva
heliocéntrica. Con todo
ello consiguió lo que
casi con seguridad había
sido su preocupación
principal: restaurar el
movimiento uniforme en
los cielos.
A la muerte de Lucas
Watzendrole, acaecida en
1512, el capítulo de
Warmia y los sucesivos
obispos confiarán en
Copérnico, bien como
canciller, bien como
administrador o
visitador, y comenzará
para él una época de
actividad que casi
podría describirse como
febril. Durante los
siguientes veinte años
al menos, Copérnico
deberá atender a la
administración de bienes
y servicios de la
diócesis, llevará a cabo
intensas gestiones
diplomáticas, se verá
inmerso en una guerra
cruel en la que coordina
la defensa y
fortificación de las
ciudades de la diócesis,
habrá de meditar sobre
los modos de enfrentarse
a la inflación debida a
los fraudes monetarios
de los teutones (afrontó
el problema desde una
perspectiva teórica y
comenzó la elaboración
de un informe que
terminaría siendo un
tratado de economía
monetaria -“Monéate
cudendae ratio”-
publicado en su versión
definitiva en 1528),
organizará los
reasentamientos de
colonos en las tierras
de Warmia... y además de
todo eso, observará el
cielo, anotará
pacientemente posiciones
del Sol, días y horas de
eclipses, ocultaciones y
conjunciones, y
comprobando
pacientemente y de forma
minuciosa cada dato
conocido irá elaborando
su obra magna, el “De
Revolutionibus”. Sólo
utilizó tres
instrumentos: el
Cuadrante (descrito en
el Libro II, cap. 2 del
De Revolutionibus), el
Astrolabio (Libbro II,
cap.14) y el
“instrumento
paraláctico” (Libro IV,
cap. 15). Con ellos,
desde su torre,
observará Sol, Luna y
estrellas durante esos
años. La última
observación que utiliza
en el “De Revolutionibus”
es del 12 de Marzo de
1529 y lo es del planeta
Venus. Por entonces
debía estar finalizando
su redacción y tenía ya
56 años. Quizás
demasiados para seguir
observando en las frías
noches bálticas. O
quizás no necesitó más.
Prácticamente todos los
especialistas piensan
que “De revolutionibus”
estaba acabado en torno
a 1530. Pero Copérnico
no lo publica. Que se
sepa, ni intenciones de
hacerlo tuvo.¿Por qué
Copérnico, que llevaba
quizás 20 años o más
trabajando en esa obra,
se mostraba indeciso y
hasta remiso a
publicarla? Él mismo
esbozará algunos motivos
en la dedicatoria del
“De Revolutionibus”,
pero, ¿por qué?. Sólo
caben hipótesis: Los
datos que profusamente
utilizaba en su obra
provenían de las obras
antiguas y, por
consiguiente, podían
tener errores notables
acumulados; por otro
lado estaba el problema
de la reforma religiosa
planteada por el
luteranismo y la
sensación de vivir un
periodo de ortodoxia
cambiante en el que,
quizás (y Copérnico sí
que dio siempre muestras
de portarse así) lo
mejor era guardar cierta
distancia y prudencia
respecto a ciertas
formulaciones que
pudieran “herir
sensibilidades”
filosóficas o
religiosas. Si a todo
esto se añade (¿por qué
no creerlo, si él mismo
lo dice?) sus veleidades
elitistas inspiradas en
el secretismo
pitagórico, quizás
podamos hacernos una
idea de por qué “De
Revolutionibus”
permaneció probablemente
otra docena de años en
los cajones de la mesa
del canónigo de Frombork.
Sin embargo, lo que no
pudo Copérnico fue
evitar que las noticias
de su existencia y de lo
que pensaba acerca de
los movimientos y
ordenación de los cielos
se extendieran por toda
Europa como se
atraviesan las membranas
en un proceso osmótico.
Los ecos de la figura
solitaria de Frombork
llegaron finalmente a la
corte papal y en 1536
Copérnico recibió una
carta del cardenal
Nicolás Schömberg en la
que se expresaba así:
“Habiéndome hablado hace
algunos años de tu
capacidad, constante
conversación de todos
(...). Comprendí que no
sólo conocías con
suficiencia los
hallazgos de los
antiguos matemáticos,
sino que habías
establecido una nueva
estructura del mundo, en
virtud de la cual
enseñas que la Tierra se
mueve, que el Sol ocupa
la base del mundo y por
tanto el lugar central,
que el octavo cielo
permanece inmóvil y fijo
perpetuamente ... “
Así pues, el personaje y
la obra “flotaban en el
ambiente” hasta el punto
que desde las más altas
instancias, religiosas
por añadidura, se
solicitaba la luz
pública para estos
trabajos.
La salida a la situación
vendría con la aparición
de un joven astrónomo y
matemático que se
convertiría en el único
discípulo en vida de
Copérnico y a quien éste
consideró como un
analizador y corrector
suficientemente
preparado como para
cotejar con él sus
cálculos.
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Cuadro de
Jan Matejko
(siglo XIX)
que muestra
a Copérnico
en el
castillo de
Olsztyn (Warmia)
rodeado de
un
astrolabio y
la imagen
del sistema
heliocentrista
de "De
Revolutionibus".
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Nos referimos a Rhetico
(nombre latinizado que
adoptó Georg Joachim von
Lauchen, nacido en 1514
en la región de Retia,
el Tirol austriaco), que
apareció por Frombork al
final de la primavera
de 1539.

Rhetico había tenido,
gracias a la fortuna
económica de sus padres,
una educación amplia y
exquisita que le había
permitido viajar por
Italia y estudiar en las
universidades alemanas
de prestigio: Gotinga,
Nuremberg y Wittemberg.
Llegó a ser un protegido
de Melanchton por cuya
influencia,
posiblemente, se le
concedió a los 22 años
una de las dos cátedras
de astronomía de la
Universidad de
Wittemberg, el centro
universitario luterano
por excelencia. También
a la luterana Wittemberg
habían llegado las
noticias de la obra de
Copérnico. Es
precisamente Lutero una
de las fuentes de ese
dato, pues datada
precisamente en ese año
de 1539, se tiene
noticia de una
apreciación del líder
reformista en la que
manifiesta su desprecio
por “un astrólogo que,
contra lo que dicen las
escrituras, propone
establecer el movimiento
de la Tierra y no del
Sol”. Pero a Rhetico no
le debía preocupar tanto
la teoría astronómica
contenida en la Biblia
como la posibilidad de
estudiar detenidamente,
si existían, los
cálculos del canónigo
prusiano del que tanto
se hablaba. Así pues,
solicita permiso para
desplazarse a conocer
“in situ” al autor y a
su obra.
Copérnico debió
rápidamente reconocer en
Rhetico al matemático
competente que
necesitaba y el joven
matemático, que pronto
percibió la valía e
importancia de la obra
que Copérnico guardaba
desde hacía años, trató
de convencerle de la
necesidad de darla a
conocer. Rhetico la
analizó matemáticamente
durante los dos intensos
meses que duró la visita
y ante la resistencia, a
pesar de todo, de
Copérnico, llegó a un
acuerdo que debió
plasmarse de la
siguiente manera:
Rhetico escribiría un
resumen, más extenso y
algo más técnico que el
“Comentariolus” y sería
esto lo que, de momento,
se publicaría. Una
especie de “globo
sonda”. Inmediatamente
finaliza Rhetico su
trabajo, que fechó en
Frombork, el 23 de
Septiembre de 1539. El
título es “De libris
revolutionum Nicolai
Copernici narratio
prima” (primera
narración de los libros
de Nicolás Copérnico
sobre las revoluciones)
y tiene la forma de una
carta dirigida a Juan
Schöner, astrónomo en
Nuremberg, perteneciente
al círculo de humanistas
que rodeaban a
Melanchton. La “Narratio
Prima”, que así se
conoce, es considerada,
a pesar de que su
autoría es de Rhetico,
como uno de los tres
tratados copernicanos
(junto al
“Comentariolus” y la
“carta contra Werner”)
que anteceden a “De
Revolutionibus”. En
ella, Rhetico describe
el contenido de los seis
libros en los que se
divide la obra de “su
maestro”, hace
apreciaciones sobre
algunas particularidades
geométricas del trabajo,
defiende y explica el
principio-guía de
mantener exclusivamente
movimientos uniformes
con la eliminación del
ecuante, y todo ello,
recogiendo mediciones y
cálculos que permitían
justificar
matemáticamente la nueva
hipótesis. La “Narratio
Prima” se publicó en
Danzig en febrero de
1540 y se difundió
intensamente entre los
más reticentes, los
luteranos. Su efecto
debió ser notable pues
inmediatamente se
solicitó permiso para
otra edición, que se
hizo en Basilea a los
pocos meses.
Rhetico, que había
vuelto tras el verano a
Wittemberg para
continuar sus clases,
retornó a Frombork en el
verano de 1540. Para
entonces las solicitudes
y la presión sobre
Copérnico para que
desvelase su trabajo se
habían hecho intensas y
provenían de todas
partes. El joven e
ilusionado Rhetico no
tuvo que esperar mucho,
pues cuando abandonó
Frombork, en agosto de
1541, quince meses
después de su llegada,
llevaba consigo una
copia en limpio del
manuscrito copernicano,
dispuesta para ser
impresa en Nuremberg.
A partir de ese momento
se inicia el proceso de
publicación del “De
Revolutionibus” que,
como tantas otras cosas
relacionadas con
Copérnico, ha estado
rodeada de sombras,
constituyendo, en este
caso, uno de los
episodios que más ha
dado que hablar y más
páginas escritas ha
originado en la historia
de la ciencia. Se trata
del hecho de que el
libro apareciera
publicado con un prólogo
que no había escrito
Copérnico, ni tampoco
Rhetico, y que avisaba
al lector de que el
contenido de la obra era
hipotético y su
finalidad simplemente la
de facilitar los
cálculos, sin
corresponderse
necesariamente con la
realidad. Su autor
(hecho descubierto
curiosamente por Kepler)
es Andreas Osiander y lo
redacta de forma que no
deja clara la autoría,
con lo que podía ser
interpretado,
efectivamente, como una
advertencia del propio
autor que altera la
intención de la obra. Si
Copérnico leyó o no el
texto de Osiander con
anterioridad a ver la
obra impresa es algo aun
no resuelto. A finales
de 1542 Copérnico sufrió
una hemorragia cerebral
que lo incapacitó
parcialmente y supuso un
grave deterioro de su
salud. Fue en esas
condiciones, si lo hizo,
como leyó el texto que
subrepticiamente
cambiaba el significado
de su obra.
En
marzo de 1543 apareció
finalmente publicada la
obra que había estado
gestándose durante 40
años. Su título fue “De
Revolutionibus Orbium
Celestium libri VI”. La
edición incluía la
“Advertencia al Lector”
redactada por Osiander,
la carta que el cardenal
Schömberg había escrito
a Copérnico en 1536 y
una dedicatoria del
propio Copérnico al Papa
Paulo III, en la que
Copérnico nos dice algo
sobre la génesis de su
trabajo.
Los seis libros de que
consta la obra se pueden
dividir en dos partes
perfectamente
diferenciadas. El Libro
I es, fundamentalmente,
la exposición
cosmológica del Sistema
Copernicano, y en él,
sin ningún tipo de
aparato matemático, se
justifican las
proposiciones
fundamentales. Sólo los
últimos capítulos de
este primer libro están
dedicados a presentar
las matemáticas que
usará para las pruebas
científicas que en el
resto del libro
aparecen. Son los
capítulos que ya había
publicado Rhetico
separadamente.
Los Libros II al VI
constituyen la parte
técnica de la obra. En
ellos repasa, siguiendo
un esquema clásico como
el del Almagesto, las
cuestiones de que se
ocupaba la astronomía:
movimientos del Sol y de
la Luna, la precesión de
los equinoccios, el
movimiento de los
planetas... dando
soluciones a los mismos
desde la perspectiva
anunciada en la
Dedicatoria y en el
Libro I. Copérnico
presenta en múltiples
ocasiones la “historia”
de las observaciones
usadas o del modo de
resolver alguna
irregularidad. Usa
profusamente de los
datos heredados y
conocidos del Almagesto,
del Epítome de
Regiomontano y otras
obras clásicas, a los
que añade los suyos,
apareciendo 27
observaciones propias.
El contenido de estos
cinco libros es de
lectura prácticamente
imposible para los no
especialistas en
astronomía de posición y
geometría esférica, y,
como él mismo reclama,
debió, de hecho, quedar
reservado su estudio a
los astrónomos y
matemáticos avezados y
profesionales. Pero el
Libro I no era
matemático. Al
contrario, era
transparente en sus
enunciados y
razonamientos. La
influencia que tuvo lo
convirtió en la obra que
dio el pistoletazo de
salida a un proceso que
haría cambiar la
perspectiva que el
hombre tenía del mundo y
del modo como acercarse
a él. También de la
imagen que de sí mismo
se había hecho hasta
entonces.
Copérnico
Astrónomo polaco (1473-1543) que, estudiando los movimientos del
Sol, la Luna y los planetas, intenta encontrar un modelo cosmológico
inteligible de todo el Universo. Es decir, sigue la senda de sus
predecesores, que ya lo buscaban descontentos, sin duda, con
una explicación que se limitaba a predecir y describir fenómenos con
inventos matemáticos arbitrarios. En suma, pretendía dar un modelo
cosmológico al cómputo matemático de Ptolomeo.
Hay dos hechos que llaman la atención de Copérnico en cuanto que
le sugieren cierta dependencia de los movimientos planetarios con el
sol:
- La revolución del sol y de los centros de los epiciclos de
Mercurio y Venus por el zodíaco, empleaban el mismo tiempo (un
año).
- El período epicíclico de los planetas externos era idéntico a
su período sinódico.
Por tanto, estudia la posibilidad de que la deferente de Mercurio
y Venus y los epiciclos de los restantes, representan sencillamente
la órbita de la tierra.

Propone entonces un sistema heliocéntrico que se
caracteriza por:
- Una relativa facilidad en explicar el movimiento retrógrado de
los planetas y en mostrar por qué sus posiciones relativas al sol
determinaban tal movimiento.
- Proporcionaba una base sobre la que determinar las distancias
al sol y a la tierra.
- Su carácter interconexo: las posiciones planetarias en
cualquier momento son simultáneamente explicables en tal
configuración.
- Su teoría lunar es más simple. Los enormes cambios en la
paralaje lunar del modelo de Ptolomeo se evitan en el nuevo
sistema, oscilando entre 28´45" y 37´34".
Las objeciones que cabría hacerle a este sistema son:
- Ausencia de cualquier paralaje anual de las estrellas fijas.
- No explica de manera satisfactoria las considerables
variaciones de las velocidades angulares de los planetas en sus
órbitas.
- No elabora un sistema físico viable y adecuado al tipo de
problemas que presenta una tierra en movimiento.
La gran aportación del sistema de Copérnico se concreta en dos
ideas:
- Una modificación de las ideas vigentes en la época acerca de
la naturaleza de la materia, de los planetas, del sol, de la luna
y de las estrellas.
- Una modificación acerca de la naturaleza y acciones de la
fuerza en relación con el movimiento, es decir, de la física
aristotélica imperante entonces
-

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