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LA
TÉCNICA DEL CUENTO
ANTON CHÉJOV
(Fragmento de una carta a Alexander P. Chéjov, abril
1883)
Nació en Tanganrog, Rusia en 1860.
y se nos fue en Badenweiler, Alemania, en 1904.
Le pones poca atención a las pequeñeces en tus cuentos
no obstante que, por naturaleza, no eres un escritor
subjetivo. Dejar de lado esa subjetividad resulta tan
fácil como tomarse una copa. Pero se requiere ser más
honesto, lanzarse por la borda donde sea, no
interponérsele al héroe de nuestra novela, renunciar a
uno mismo aunque sea durante media hora. Escribes un
cuento en el que una pareja de jóvenes recién casados se
besan durante toda la cena, se duelen sin razón y
derraman torrentes de lágrimas. Ni una palabra sensata;
puro sentimentalismo. No escribiste para el lector.
Escribiste porque disfrutas ese tipo de parloteo. Pero
imagínate que tuvieras que describir la cena, cómo
comían, cómo era el cocinero, qué tan insípido era tu
héroe, qué tan contento estaba con su negligente
felicidad, qué tan insípida era tu heroína, qué tan
ridículo resulta su amor por ese glotón con una
servilleta amarrada al cuello. A todos nos gusta mirar a
la gente contenta, es verdad. Pero describirla,
describir lo que dijeron y cuántas veces se besaron no
resulta suficiente. Se requiere de algo más: libérate de
la expresión personal que una plácida felicidad melosa
produce en todos nosotros... La subjetividad es algo
terrible. Es negativa sobre todo en esto: que deja ver
las manos y los pies del autor. Te aseguro que todas las
hijas de los ministros religiosos y las esposas, de los
oficinistas que leen tus obras deben estar enamoradas de
ti, y si fueras alemán beberías gratis en las
cervecerías donde sirven las mujeres. Si no fuera por
esa subjetividad serías el mejor de los artistas. Sabes
reír, punzar y ridiculizar, posees un estilo claro, has
vivido, has visto mucho, pero lástima, has desperdiciado
tu material...

ANTON CHÉJOV
1860 -1904
(Fragmento de una
carta a Alexander P. Chéjov, mayo 19, 1886)
En mi opinión una descripción auténtica de la naturaleza
debe ser muy breve y tener un efecto determinante.
Lugares comunes tales como "el sol se bañaba sobre las
olas del mar que se oscurecía vertiendo su oro morado",
etc. o "las golondrinas que volaban sobre la superficie
del agua gorjearon alegremente..." deben desecharse. En
las descripciones de la naturaleza uno debe concentrarse
sobre los detalles, agrupándolos de tal modo que, al
leerlos y cerrar los ojos, se obtenga una imagen de lo
descrito.
Por ejemplo, puedes lograr el efecto totalizante de un
claro de luna si escribes que en la poza de un molino el
puntito brillante de una estrella iluminó el cuello de
una botella rota y la sombra negra y rotunda de un perro
o un lobo apareció y corrió, etc. La naturaleza logra
adquirir vida propia si comparas los fenómenos con
actividades humanas comunes y corrientes, etc.
En la esfera de lo psicológico los detalles son también
la norma. Dios nos libre de
los lugares comunes.
Lo mejor es evitar la descripción de lo que ocurre en la
mente del héroe; eso debe quedar claro a partir de las
acciones del protagonista. No es necesario contar con
muchos personajes. El centro de gravedad debe recaer en
dos personas: él y ella...
Te escribo esto como un lector que tiene un gusto
definido. También para que cuando escribas no te sientas
solo. Sentirse solo en un trabajo resulta muy duro.
Mejor una crítica adversa que ninguna crítica, ¿no es
cierto?
(Fragmento de una carta a I. L. Scheglow, enero 22,
1888)
¡Hombre de poca fe! Deseas saber cuáles son los errores
que encontré en tu "Mignon". Antes de que te los comente
te advierto que se trata de intereses técnicos más que
de crítica literaria. Sólo un escritor, que no un
lector, puede apreciarlos. Helos aquí: me parece que tú,
un autor escrupuloso y desconfiado, por el temor de que
tus personajes no queden bien definidos, te has vuelto
muy dado a descripciones exageradamente detalladas. El
resultado es un abigarramiento de efectos que daña la
impresión general.
Para señalar qué tanto nos puede afectar la música a
veces, pero desconfiando de la habilidad del lector para
captar lo que intentabas decir, te lanzas con entusiasmo
a describir la psicología de tu Feodrik; la psicología
funciona, pero entre amare, moriré y el balazo, puesto
fuera de tiempo, le das la oportunidad al lector de
recuperarse del dolor de amare, moriré antes de llegar a
la escena del suicidio. Pero no puedes darle la
oportunidad al lector de recuperarse: debes mantenerlo
todo el tiempo en suspenso. Estos comentarios no serían
pertinentes si "Mignon" fuera una novela. Las obras
extensas y detalladas poseen sus particularidades
propias que requieren de una ejecución más cuidadosa que
no toma en cuenta la impresión total. Pero en los
cuentos es mucho mejor quedarse corto que decir
demasiado. Porque, porque no sé por qué...
Me escribes que el héroe de mi "Fiesta" es un personaje
que debe desarrollarse. ¡Dios mío! No soy un desalmado.
Comprendo que degüello a mis personajes, que los echo a
perder y que desaprovecho una buena parte de mi
material... Sobre mi conciencia te juro que le hubiera
dedicado seis meses a "La fiesta". Me gusta hacer las
cosas con calma y no me atrae publicar al vapor. Yo
quisiera haber descrito, con placer, con sentimiento,
con tranquilidad, todo lo concerniente a mi héroe:
describir el estado de su mente mientras su esposa se va
a trabajar, el juicio del que es objeto, la desagradable
sensación que tiene una vez que lo condenan; hubiera
descrito a la comadrona y a los médicos bebiendo té a
medianoche, la lluvia... Esto no me hubiera
proporcionado nada más que placer, porque yo disfruto el
dolor y la holgazanería. ¿Pero qué iba a hacer? Empecé
el cuento el 10 de septiembre con la idea de que lo
debería terminar el 5 de octubre a más tardar; de no ser
así dejaría mal al editor y me quedaría sin el pago. Al
principio me dejo ir y escribo con tranquilidad; pero a
la mitad me empiezo a amilanar y temo que mi cuento esté
demasiado extenso: debo tener en mente que el Sieverny
Viestnik no dispone de mucho dinero y que yo soy uno de
sus colaboradores caros. Es por ello que los principios
de mis cuentos son muy promisorios y dan la idea de que
estuviera iniciando una novela; la parte de en medio es
tímida y apresurada y el final es, como en un breve
apunte, todo un fuego artificial.
De modo que al planear un
cuento uno se va forzando a pensar primero en la
estructura: de un grupo de personajes principales y
secundarios uno elige a una persona: el marido o la
mujer; la coloca sobre el lienzo y la pinta sola,
engrandeciéndola mientras los otros personajes se
distribuyen sobre la tela como moneditas. Y el resultado
es algo como la bóveda celeste: una enorme luna con
muchas estrellitas alrededor. Pero la Luna por sí sola
no constituye un logro ya que sólo se puede comprender
si las estrellas son inteligibles también y las
estrellas no estuvieron bien resueltas. Así que lo que
hago no es literatura sino algo como el remiendo en un
abrigo. ¿Qué debo hacer? No lo sé, no sé sino confiar al
tiempo que cura todas las cosas.

Otra vez sobre mi conciencia: aún no he iniciado mi
trabajo literario aunque ya haya ganado algún premio.
Los temas de cinco cuentos y dos novelas se adormecen en
mi mente. Una de las novelas la concebí hace mucho, y
varios de mis personajes se han envejecido sin que haya
logrado escribirlos nunca. En mi imaginación hay un
batallón entero pidiendo salir y en espera de las
palabras de acción. Todo lo que he escrito hasta ahora
es basura en comparación con lo que me gustaría escribir
y escribir apasionadamente. Me da igual escribir "La
fiesta" o "Luces" o un vodevil o una carta a un amigo:
me resulta aburrido, hueco, mecánico y me molesta la
importancia que ciertos críticos le adjudican a "Luces",
por ejemplo. Me doy cuenta de que engaño a mucha gente
con mi obra como engaño a otros con mi cara, que puede
parecer indistintamente seria o jovial.
No me gusta el éxito. Los
temas que descansan en mi mente están molestos, celosos
de lo que he escrito. Me temo que la basura es lo que ha
salido y las cosas mejores se han quedado tiradas...
puede parecer exagerado y mucho de lo que digo es sólo
parte de lo que imagino, pero hay algo de cierto en ello,
una buena parte. ¿A qué le llamo bueno? Las imágenes que
me parecen mejores, las que más celo y amo las gasto y
desperdicio a causa de alguna "Fiesta" que escribo
contra el tiempo... Si mi amor está equivocado yo estoy
mal pero ¡tal vez no esté tan equivocado! O bien soy un
tonto y un farsante o en realidad soy un organismo capaz
de llegar a ser un buen escritor. Todo lo que escribo
ahora me disgusta y me aburre, pero lo que se queda en
mi mente me interesa, me entusiasma y me mueve, de donde
concluyo que todo el mundo hace la cosa equivocada y
sólo yo poseo el secreto para hacer lo debido. Casi
todos los escritores piensan así. Pero el mismo diablo
se rompería la cabeza tratando de resolver estos
problemas...

(De una carta a A.
S. Souvorin, abril 1, 1890)
Me reclamas mi objetividad, llamándola indiferencia
hacia el bien y hacia el mal, falto de ideales y de
ideas y quién sabe qué cosa más. Tú querrías que cuando
describo a los abigeos dijera: "Robar caballos está
mal". Pero eso se sabe desde hace mucho sin necesidad de
decirlo. Dejemos que el jurado lo juzgue; mi oficio es
simplemente mostrar cómo es la gente. Yo escribo: estás
leyendo sobre unos abigeos, así que déjame decirte que
no se trata de limosneros sino de gente bien alimentada,
gente que tiene un culto especial y que el robo de
caballos no es sólo un robo sino una pasión. Por
supuesto que sería placentero combinar el arte con el
sermón pero para mí personalmente es muy difícil y casi
imposible debido a las condiciones técnicas. Verás: para
describir lo que son los ladrones de caballos en
setecientas líneas debo hablar y pensar todo el tiempo
en su tono y sentir su espíritu, de otro modo si me meto
subjetivamente con ellos, la imagen se hace borrosa y el
cuento no será tan compacto como deben ser los cuentos.
Cuando escribo confío plenamente en que el lector
añadirá los elementos subjetivos que están faltando en
el cuento.
(De una carta a E,
M. S., noviembre 17, 1895)
Leí tu cuento con gran placer. Tu mano ha adquirido
seguridad y tu estilo ha mejorado. Me gusta el cuento
salvo el final, al que, para mí, le falta fuerza... Pero
éste es un problema de gusto que no es tan importante.
Si uno va a hablar sobre fallas en un cuento no es
posible limitarse a los detalles. Tienes un defecto que,
en mi opinión, es el siguiente: no corriges tus cuentos
y por consiguiente se ven floridos y sobrecargados. Tu
obra carece de la concisión que le da vida a las obras
breves. Hay habilidad en tus cuentos; hay talento,
sentido literario, pero poco arte. Logras reunir a tus
personajes de manera correcta pero no plásticamente. O
bien eres demasiado perezosa o no te atreves a quitar de
un plumazo aquello que no contribuye al cuento. Para
esculpir un rostro en una pieza de mármol es necesario
quitar todo aquello que no es la cara. ¿Me entiendes?
Hay además dos o tres expresiones raras que te he
subrayado.
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